.melo en Kathmandu (y en la India)


De Pushkar a Varanasi (pasando por Agra)
Miércoles, 1 abril 2009, 5:22
Filed under: agra, india, pushkar, varanasi

Leyendo la prensa

El lunes teníamos que madrugar. A las 3.55 salía el tren que nos llevarías desde Ajmer (a media hora de Pushkar) hasta Agra.

La última noche habíamos cenado bien. Mis molestias de estómago ya se habían solucionado (o eso pensaba yo) y tenía hambre.

Nos levantamos a las dos y media de la mañana y me di cuenta de que la cena había sido un exceso y de que volvía a tener el estómago para pocas alegrías. Vamos, para ninguna.

A las tres nos llamó a la puerta el responsable del hotel para avisarnos de que había llegado el taxi que nos llevaría a Ajmer.

Tras media hora de camino entramos en la ciudad. Había gente, perros, vacas, …, durmiendo en cada esquina. Y al llegar a la estación casi tuvimos que pasar por encima de gente dormitando.

La estación de tren, como casi todas las estaciones ferroviarias de medio mundo era bastante sórdida. Suciedad y miseria por todos los lados y ratas en cada esquina.

Al poco de llegar, nos extrañó su puntualidad, hizo su aparición nuestro tren, que venía desde Udaipur.

Nos acomodamos en nuestro coche cama de tercera y comenzamos la ruta. Teníamos casi seis horas por delante.

Durante esas horas visité varias veces el baño del tren (y no por que fuera entrañable ni de diseño), me dopé con fortasec y mal que bien fui pasando la noche hasta amanecer en Agra.

Lo primero que hicimos al llegar a la estación fue dejar las mochilas grandes en consigna e ir a ver el Fuerte Rojo que estaba a solo diez minutos de la estación.

Efectivamente era “fuerte”, era “rojo” y la entrada no era excesivamente cara, pero no nos dijo mucho. Es más majestuoso que el de Delhi, pero nada del otro mundo.

Desde el Fuerte Rojo oteamos al este el Taj Mahal. Lo veríamos al atardecer, cuando hubiese una mejor luz para fotografiarlo.

Tras ver el fuerte cogimos un rickshaw para ir a ver un mercado. Durante el viaje comprendimos que Agra es muy feo, muy industrial y que menos mal que hicieron allí el Taj por que sino no lo visitaría nadie.

Nos fuimos a comer (yo comí tres tristes plátanos) y echamos la tarde en una terraza bastante sórdida.

Como curiosidad se puso a charlar con nosotros el indio que comía en la mesa de al lado.

Era un tipo cincuentón, gordinflón y sudoroso que no hacía más que sobarse la bragueta y que estaba convencido de que Javi y yo eramos “pareja”.

Nosotros le aclaramos que respetábamos las diferentes opciones, pero que entre un tío como él y Doña Rogelia lo teníamos claro (obviamente la segunda, que es mas graciosa), pero parece que no le convenciamos y nos dejaba de preguntarnos como estaba el tema de los gays en España.

Seguía tan convencido que terminó la conversación pidiéndonos que le mandásemos por mail alguna peli de cine porno gay, por que en India no podía conseguir.

Ya le dijimos que no era un género cinematografico que frecuentáramos, las ‘peleas de sables’ no han sido nunca lo nuestro, pero que si teníamos algo, ‘si eso’, ya se lo mandábamos. Enternecedora Agra.

Esperamos a que bajara un poco más el sol y nos fuimos a ver el Taj Mahal.

Pensábamos que iba a ser una visita de postal y que la imagen la teníamos más que vista, pero estando aquí teníamos que ir a verlo.

Además la entrada para los indios cuesta 20 rupias y para los extranjeros 750 rupias (12 euros, más que alguna noche de hotel).

Pero al entrar nos sorprendió. Es más majestuoso de lo que aparenta en las fotos. Está enmarcado en unos jardines chulísimos y merece mucho la pena.

Realmente son solo los jardines, el Taj y una mezquita que hay a su izquierda, pero estuvimos más de hora y media.

Estaba iluminado por la luz cálida del atardecer y el contrapunto de la luz con el blanco del mármol lo hacía espectacular. Podeis ver unas fotos aqui.

Al salir nos fuimos a tomar una cerveza (yo tomé una coca-cola) en la terraza de la azotea de un hotel que daba al mausoleo y vimos anochecer en el Taj Mahal.

Seguíamos teniendo un problema. En el tren que nos debía llevar a Varanasi (Benarés) aun no teníamos la plaza confirmada. Por la mañana seguíamos en lista de espera.

Si conseguíamos el billete por la noche dormiríamos en el tren y amaneceríamos en la ciudad sagrada.

Sino debíamos dormir en Agra y a la mañana siguiente contratar un coche que nos llevara en diez o doce horas a Varanasi. Una auténtica paliza.

Volvimos a la estación y fuimos a comprobar nuestro número de reserva en los ordenadores táctiles del hall de la estación.

Choca mucho ver el contraste entre la tecnología y los perros hechos un ovillo y decenas de personas acostadas al lado de la máquina.

Y si, habíamos tenido suerte, en una hora cogeríamos nuestro tren a Varanasi. Menos mal.

Yo no cené nada. Quería dejar recuperarse al cuerpo.

Me compré una botella de agua y le eché un sobre de suero que había traído para evitar deshidratarme en estos casos (la diarrea y el calor agobiante son un coctel peligroso) y Javi pilló algo para picar en un tenderete callejero.

Nuestro tren , que venía de Jodphur, llegaba una hora tarde. Nos entretuvimos viendo el espectáculo que es una estación de tren india.

Los bártulos que lleva la gente que va a embarcar, los trastos de la gente que está en la estación pero que nunca va a coger un tren, los centenares de personas que se mueven a tu alrededor, los perros dormitando en cualquier esquina sin que nadie les moleste, las carreras de las ratas, las cucarachas, las salamandras que pueblan las paredes a la caza de mosquitos, …

Y en estas, llegó nuestro tren y embarcamos. El embarque en un tren indio es un momento de locura colectiva. Cientos de personas arrastrando mil bultos corren el andén arriba y abajo buscando su vagón.

La clase más popular de los trenes indios son bancos corridos de madera, sin numerar y el primero que llega pilla asiento y éso en un trayecto largo como éste es una carrera por la supervivencia.

Yo estaba roto.

Tantas visitas al baño, todo el día a base de agua y tres plátanos, el calor, la flojera, …, hicieron que mi litera de tercera (menos mal que estaba numerada) fuera la mejor cama en la que he caído nunca.

Me tumbé, comenzó el traqueteo y en un momento ya estaba traspuesto. Teníamos por delante doce horas de trayecto.

Y no fueron doce sino catorce (la puntualidad india, no se qué aprendieron de los británicos) así que sobre las doce del mediodía hemos llegado a la estación de tren de Varanasi.

A la salida de la estación, como siempre, había decenas de buscavidas tratando de llevarte al hotel que les comisiona, enchufarte el rickshaw que les paga un porcentaje, …

Teníamos localizado un hotel majo en la Lonely y contratamos al único rickshakero que no nos dio la brasa y que además tenía la mirada limpia y no de rufián como la de sus compañeros.

Ya nos explicó (nos lo habían contado antes) que como nuestro hotel estaba en la zona de ghats (escaleras que dan al Ganges), al ser una zona de intrincados callejones no cabe ni un rickshaw y deberíamos andar diez minutos por nuestra cuenta.

Nos acercó hasta el límite al que podía meterse. Por el trayecto vimos que las zonas más abiertas de Varanasi (que es una ciudad de más de un millón de habitantes) sin ser chulas, eran más acogedoras que las de Agra.

Comenzamos a andar por el laberinto de callejones del viejo Benarés y vimos que era una aventura arriesgada, el trazado no tenía ni pies ni cabeza.

Pero rápido vino un chaval que nos preguntó a donde íbamos y se ofreció a guiarnos.

Comprendimos que iba a buscar una comisión del hotel (que subiría nuestra cuenta o bajaría la calidad de la habitación) pero no quedaba otra.

Y menos mal que nos ayudó el chaval por que hoy solos no sabríamos salir.

En diez minutos de vueltas y revueltas por callejones estrechos e inmundos, llenos de vacas y miles de personas moviéndose con andar sosegado de un lugar a otro, llegamos a nuestro hotel.

Al llegar a nuestro hotel hemos visto que hemos acertado. Estamos en primera línea de Ganges, el hotel está limpio, es amplio y nuestra habitación es espaciosa, tenemos aire acondicionado, tele, agua caliente, …

Además en recepción hemos coincidido con dos parejas de tinerfeños que nos han comentado que estamos en la mejor zona.

A diez minutos por la izquierda del crematorio principal y a cinco, por la derecha, del ghat donde hacen las mayores pujas (ceremonias religiosas de no-se-qué) al atardecer.

Además nos han comentado de que al ser Varanasi, al igual que Pushkar, una ciudad sagrada y por tanto estrictamente vegetariana, aunque esté prohibida la cerveza, si la pides en el hotel te la consiguen sin problema.

Nos hemos pegado una ducha, nos hemos cambiado de ropa (como llegamos a Agra por la mañana en tren y salimos por la noche llevábamos dos días con la misma) y hemos bajado a comer.

Yo me he pedido un arrocito blanco y tres plátanos, para ir haciendo cuerpo (mi estómago está bien, pero quiero darle un par de días de tranquilidad) y Javi se ha apretado un thali (un plato indio con mogollón de cosas que debe estar bueno pero que a mi me hubiera sentado como un tiro).

Después nos hemos relajado un rato y hemos salido a dar una vuelta. Nos hemos encaminado al crematorio principal de Varanasi.

Los hindúes, una vez fallecidos, incineran a sus muertos.

La ventaja de morir en Varanasi, como ciudad sagrada, es que cierras el ciclo de reencarnaciones y vas directamente al nirvana, a su paraíso celestial, lo que viendo en qué consiste la vida de mucha gente aquí debe ser un verdadero alivio.

Los hindúes tienen un concepto de la vida y la muerte muy diferente al nuestro. Es una sociedad muy religiosa y donde la religión se vive colectivamente en toda su cotidianeidad. Y esto es así en la vida y en la muerte.

Las incineraciones se hacen de una manera pública y mucha gente acude a ver cómo su vecino, su amigo o un desconocido sale del ciclo terrenal y alcanza el nirvana.

Hay muchos corrillos de gente de todas las edades que se sienta a charlar animadamente sobre las ceremonias.

Los crematorios son privados y en el crematorio principal de Varanasi se incineran cada día a más de cuarenta muertos. Día y noche. Las veinticuatro horas del día.

El crematorio consiste en diferentes gradas para que se acomode el público (gente de la ciudad en un 99%), un almacén de madera en la parte trasera un pequeño templo detrás y cinco o seis piras ardiendo simultáneamente.

La ceremonia comienza con la introducción del fallecido en el crematorio. Lo hace una casta concreta de intocables que son los únicos que pueden transportar el cadáver por las angostas calles de la zona vieja de la ciudad.

El muerto viene envuelto en un sudario blanco, semitransparente y cubierto por una mortaja de vivos colores.

Se le baja a la orilla del Ganges, se vierte agua sagrada del río sobre el cuerpo y se entona una oracion.

Se vuelve a subir el cuerpo y se le coloca sobre una pira de madera (que la familia ha tenido que pagar religiosamente) , despojándole de la mortaja de colores.

Un familiar, habitualmente su primogénito, con la cabeza afeitada y cubierto por una túnica blanca enciende un manojo de paja en una llama que constantemente arde en un templo anexo al crematorio y enciende la pira.

Durante las siguientes, entre cuatro y seis horas, los intocables van dando vueltas a las brasas para que el cuerpo se vaya incinerando.

Como la madera es cara y además hay diversas calidades con mayor o menos potencia calorífica el cuerpo se incinera más o menos. Además hay una zona que cuesta más que arda, el contenido del cráneo.

Para evitar que no se incinere del todo y no gastar más madera en estos casos el primogénito quiebra el cráneo del fallecido de un golpe seco con un madero.

Mientras tanto pasan muchas cosas. Las vacas y las cabras intentan (y casi siempre consiguen) comerse la paja que estaba preparada para encender otra pira.

Los perros intentan acercarse a las piras para ver qué “pescan” sin que nadie muestre mucho interés por espantarles.

La gente charla animadamente sobre lo que va ocurriendo en las diferentes hogueras.

Las familias intentan colar a sus muertos en el siguiente turno (con las broncas consiguientes) para no esperar más.

Pero lo más curioso de todo es la sensación de normalidad que rodea todo.

Nada es dramático, la gente, los familiares, el entorno, no lo ve con pena, no ves lágrimas ni rostros desencajados, es una situación envidiable, va al nirvana.

Todo tiene un aire medieval, el olor a humo invade todo y te invade a t’i mismo, la suciedad está en cualquier lugar por donde mires, animales por en medio, restos ardiendo de seis cadaveres se consumen a escasos metros de ti, …, pero parece que solo tu ves lo que está pasando, …

Por supuesto, está prohibido sacar fotos de las incineraciones.

Son personas y para sus familiares, aunque entiendan la vida y la muerte de una manera diferente a la nuestra, tiene que ser un trago.

Una vez que el fallecido está razonablemente quemado, su primogénito recoge agua del Ganges en un cacillo, vierte dos veces agua de frente, apagando la pira, y una tercera de espaldas.

En ese momento el fallecido pasa del ciclo de la vida al ciclo de la muerte y alcanza el nirvana.

Posteriormente los intocables recogen las cenizas y las arrojan al Ganges, el río sagrado.

Los muertos son cremados con sus joyas, anillos, …., y junto a la orilla hay hombres, con el agua hasta las rodillas y unos cedazos, como los de los buscadores de oro, haciendo precisamente eso, buscando oro.

Lavan los lodos la orilla del Ganges buscando restos de anillos, dientes de oro, …, de los fallecidos y el beneficio que sacan va al bolsillo del responsable del crematorio.

En la zona trasera de este crematorio hay un templo donde viven viudas de hombre cremados en este crematorio, que no tienen familia o hijos que las mantengan y se quedan aquí viviendo de las limosnas y esperando la muerte para ser incineradas cuando les llegue la muerte.

Toda este realidad es impresionante, pero más que por lo que está pasando, que es lo que esperaba, me ha chocado más cómo está pasando, cómo lo enfoca la gente, …

Realmente es una realidad muy rica y que da qué pensar.

Manana a las cinco y media arriba para ver el despertar de la ciudad desde una barquilla en el Ganges.

Ah, acabo de subir unas fotos de Benares. Hay algunas chulas.

Anuncios

7 comentarios

Melo, muy buena la descripción de las incineraciones.
Las fotos geniales. Esa luz y el color, ¿son así o lo consigues con la cámara?
Recuerdos a “Martínez el Facha” …

Comentario por Rufo

Increible la tradición de las incineraciones….me ha dejado más que asombrada a mi….y eso que no lo he vivido, asi que me puedo hacer una pequeña idea de lo que hbéis tenido que sentir viviéndolo en realidad….
Muchas gracias Melo y que siga por lo menos, asi de bien el viaje!!!!
un beso
Patri

Comentario por patricia_antorcha

No te puedes imaginar que recuerdos me has traido a la memoria! Melo, según lo vas contando me voy acordando de mi viaje hace dos años, la estación de trenes, la llegada a Varanasi, el hotel(Alca, por curiosidad?), la gente y las fotos. Que fotos!!! muy buenas compañero.
Si pasais por el Ghat principal buscad a Babaji, un santón encantador que habla castellano (bueno o algo parecido). Un besote grande, cuidate el estómago y buen viaje.

Comentario por Eugenia

Buenas Uge,

Si, el hotel es el Alka y Vanarasi una pasada.

Sobre las fotos, nos las ponen a huevo, solo hay que encuadrar.

Comentario por .melo

Melo muy buena descripcion de la movida.
Varanasi que ciudad…sin duda alguna para mi fue la mas impactante y “dura” de toda la india.
Por lo que parece habeis recortado dias en la India, porq si no me equivoco de aqui volais para khatmandhu, no?

Comentario por andrew

Buenas,

No, no hemos recortado dias, vamos cumpliendo plazos.

El jueves 2 (hoy) volamos a Katmandu.

Un abrazo,

Comentario por .melo

Felicidades por el blog!!! Que envidia, tío! ;)

Comentario por Arnau Sabaté




Los comentarios están cerrados.



A %d blogueros les gusta esto: