.melo en Kathmandu (y en la India)


De Jaisalmer a Jodhpur
Miércoles, 25 marzo 2009, 8:11
Filed under: india, jaisalmer, jodphur, transportes

Panoramica de la ciudad azul

Muchas cosas que contar y poco tiempo, a ver si resumo.

El lunes por la noche, tras haber negociado el coche, nos fuimos a dar una vuelta por el fuerte y cenamos, dentro de la ciudada amurallada, en un restaurante tibetano con unas vistas alucinantes sobre la ciudad de Jaisalmer.

Volvíamos hacia el hotel y nos apetecía tomar una cerveza.

Para el alcohol India es un país muy raro, parece que es un tema que no les gusta pero se vende de tapadillo en mucho sitios y a ellos les encanta.

Los pocos sitios autorizados deben pagar muchos impuestos, pero si quieres encontrarla no tienes problema, basta con preguntar a la persona adecuada.

Debajo del hotel teníamos una licorería, pero estaba cerrada.

Así que nos fuimos a un restaurante cercano,a probar suerte, pero nos dijeron, con mala cara, que alli no vendían alcohol.

En el siguiente lo mismo, e íbamos a ir a un tercer local cuando por detrás se nos acercó un hombre que nos susurro en voz baja que si andábamos buscando cerveza.

Le dijimos que si y nos indicó que le siguiéramos.

Nos tomó la delantera para que no pareciera que íbamos juntos y comenzamos a recorrer los callejones sombríos de la noche de Jaisalmer. La luna estaba casi nueva y no habia farolas.

A los cinco minutos llegamos a una casa y el comisionista nos dijo que esperásemos fuera.

Al cabo de un par de minutos nos invitó a subir al primer piso donde nos tenían preparado un botellín (o botellón, por que aquí son de 650 mililitros), bien frío, que nos envolvieron en papel de periódico ‘para disimular’.

Pagamos y salimos a la calle con un botellín envuelto en papel de periódico que cantaba más que si lo lleváramos a la vista.

En fin, cosas que ocurren en India.

Fuimos a la terraza de la azotea de nuestro hotel a tomar la cerveza y nos encontramos a más viajeros, cada uno con su cerveza ‘ilegal’ conseguida de extrangis.

Entre ellos había un canadiense, con más de una cerveza encima que, mientras nos gorroneaba el tabaco, nos empezó a hablar en perfecto inglés sobre Borges, Cortazar y Saramago y lo que le maravillaba la literatura en español (tuvimos que explicarle que Saramago es portugués, pero para él era todo fantástico).

En medio de la conversación se calentó en una cuchara un no-se-qué de opio que se comió.

Nos explicó que el opio en esta zona era muy bueno y barato por que venía directamente desde Afganistán vía Pakistán (la frontera está a un paso) y nos invitaba a ir con él a tomar un batido de marihuana con frutas no-se-donde que debía ser la bomba.

Ya le explicamos que la bomba era levantarse a las cinco y media de la mañana como teníamos que hacer nosotros al día siguiente para meterte cinco horas de coche y que nos íbamos a dormir.

Al día siguiente nos levantamos a las cinco y media de la mañana. A esa hora oíamos al muecín rezar a través de los altavoces de la mezquita y los perros aullando al amanecer.

Recogimos la mochila y a las seis menos cinco estábamos a la puerta del hotel esperando al coche que nos habían prometido.

A las seis y cinco apareció el dueño del hotel y a las seis y diez el chofer. El coche no aparecía por ninguna parte.

El chofer tendría trentaitantos, aires de ser el más chulo de esta parte del Ganges, vaqueros ajustados, camisa entallada, botas de montaña, flequillito y la melodía de su móvil era Paul Anka cantando el ‘Oh Carol’.

Pero parecía majete.

Cinco minutos después nos dijo que su coche estaba tres manzanas más abajo y nos invito a seguirle.

Tenía el coche aparcado al lado de un restaurante que estaba abriendo la persiana.

Aparecieron dos amíguetes más y entre el dueño del hotel, dos empleados, dos tíos que se pegaron, Javi, el chofer y yo nos juntamos siete personas a tomar un chai.

Un chai es un te con leche, superazucarado y ardiendo que se toma en India antes, después y durante cualquier actividad.

Desayunamos, guardamos las mochilas en el maletero y nos dimos cuenta de que en vez de Javi y yo solos, en el coche (un Tata Indica, un coche muy similar a un Corsa) íbamos a viajar cinco: nosotros dos, el chofer y los dos amiguetes.

Nos acomodamos como buenamente pudimos y a las siete menos veinte (nos lo podía haber advertido y madrugábamos menos) salíamos en dirección Jodphur. Teníamos cinco horas por delante.

Y comenzamos una aventura alucinante, conducir en India. En cada país hay unas reglas de conducción y aquí no podía ser menos.

Para conducir en India debes tener en cuenta primero quién tiene preferencia, aquí el tamaño si importa, el vehículo más grande siempre tiene preferencia.

Si tu eres un bici o una moto y en un cruce llega un camión, date por jodido, siempre tiene preferencia el camión, o te lleva por delante.

¿Dónde puedes adelantar o girar? En cualquier sitio. En India todas las líneas son discontínuas y siempre puedes girar, teniendo en cuenta la regla anterior no sea que te lleve por delante un camión.

De hecho es obligatorio ir siempre adelantando. Da igual que la carretera sea estrecha y de dos carriles, que con los arcenes siempre se sacan cuatro o cinco carriles si hacen falta.

No se te considerará un piloto suicida por que vayas conduciendo en sentido contrario por un carril que no es el tuyo. Eso si, si viene de frente un camión o un autobús, échate al cerco por que es mayor que tu.

Lo que si es importante es señalizar bien. ¿Con los intermitentes? No, con el claxon. El claxon es el elemento mecánico más importante de un coche.

Debes utilizarlo para indicar a un coche que le quieres adelantar, para adelantarle, para decirle que ya le has adelantado, para intentar apartar a un rebaño de vacas que te impide continuar tu camino, para saludar a un amigo o simplemente por que te apetece.

Eso si, debes tener en cuenta que las vacas y los búfalos de agua son sordos y se la trae al pairo que les pites. Se apartarán cuando lo crean oportuno. Pero debes seguir intentándolo por si Shiva les devuelve el oído.

Que nos conste a nosotros el claxon realmente solo funciona para apartar perros, camellos y monos.

Sobre los límites de velocidad, ochenta kilómetros por hora. Para qué más.

Como veis es muy sencillo conducir en India si tienes cuatro cositas claras.

Pues eso, así pasamos cuatro horas de na. En un momento me estaba quedando dormido, noté un frenazo que clavó el coche en la carretera y al abrir los ojos veo que por poco atropellamos a un dromedario joven que se había cruzado al galope por delante del coche.

El paisaje desértico era alucinante. Kilómetros de desierto a cada lado, los dromedarios ramoneando en las acacias, pequeñas aldeas multicolores con gente de lo más variopinta, un par de paradas para tomar un chai y a eso de las once llegábamos a Jodphur.

La ciudad tenía un aire sucio y sin alma. Las calles eran agobiantes y sin aire y caía un sol de justicia. Nos dio mal rollo.

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